En política, los gestos importan tanto como las palabras. Y este miércoles, el Senado mexicano fue escenario de una escena que, más allá del escándalo, revela el talante de quienes se dicen representantes del pueblo. No fue un altercado parlamentario al “calor del debate”, como algunos intentan disfrazarlo. Fue una agresión en toda regla, encabezada por Alejandro Moreno Cárdenas, presidente del PRI, y secundada por un grupo de legisladores priistas que, lejos de contener la violencia, la amplificaron con saña.
Todo comenzó cuando Gerardo Fernández Noroña, presidente de la Comisión Permanente, dio por concluida la sesión sin conceder la palabra a la oposición. En respuesta, Moreno Cárdenas subió a la tribuna, lo encaró y lo golpeó. Hasta ahí, ya era un hecho grave. Pero lo que siguió fue aún más revelador: Emiliano González, camarógrafo del Senado y colaborador de Noroña, intentó interponerse con su cámara 360° para documentar el momento. Fue empujado al suelo por Moreno. Y ahí, en el piso, indefenso, ocurrió lo imperdonable.
Fue el diputado tabasqueño Erubiel Lorenzo Alonso Que, vicecoordinador del PRI en San Lázaro, quien se ensañó con el caído. Lo inmovilizó, lo sujetó, lo expuso. Y entonces, como si se tratara de una riña callejera, Moreno Cárdenas regresó para patearlo. La imagen es brutal. No solo por la violencia física, sino por lo que representa: el uso del poder para humillar, para someter, para castigar.
Mientras tanto, el diputado chiapaneco Carlos Eduardo Gutiérrez Mancilla trataba de impedir que Fernández Noroña se alejara de la tribuna, sosteniéndolo del saco.
Los videos del incidente, que circulan profusamente en redes sociales, hacen evidente que se trató de una agresión planeada. Legisladores priistas que no pertenecen a la Comisión Permanente interviniendo, bloqueando salidas, rodeando al presidente del Congreso. No fue espontáneo. Fue una emboscada.
Y en esa emboscada, la patada de Moreno Cárdenas y la intervención de Alonso Que son más que actos de violencia. Son símbolos. De una política que ha perdido el pudor. De una oposición que, en su desesperación, confunde fuerza con brutalidad.
La democracia no se defiende a golpes. Se defiende con argumentos, con respeto, con instituciones que funcionen. Porque lo que vimos no fue una riña entre legisladores, sino la ejecución pública de la dignidad parlamentaria. Alejandro Moreno Cárdenas no solo pateó a un trabajador indefenso; pateó el último vestigio de decoro que le quedaba a su partido. Y lo hizo con la arrogancia de quien cree que el poder es impunidad.
Esa patada no fue un arrebato: fue una firma. La rúbrica de un PRI que, en su desesperación, ya no busca resucitar, sino arrastrar consigo todo lo que aún respira. ■