Hay libros que se escriben con la tinta de la pasión y otros que se publican con el apresuramiento del ajuste de cuentas. Ni venganza ni perdón, la esperada conversación entre Julio Scherer Ibarra y Jorge Fernández Menéndez sobre los entresijos del lopezobradorismo, pertenece a esta segunda categoría. Lo delata, además del tono del texto, la profusa circulación —gratuita y quién sabe si legal — de su versión digital a través de aplicaciones de mensajería y su intensa repercusión en redes sociales a pocas horas de anunciada su puesta a la venta.
Contenido aparte, la versión digital es tan desprolija que resulta, por momentos, casi inverosímil. Uno entiende las prisas: cuando se tiene mucho que contar —y mucho que defenderse—, el tiempo apremia. Pero lo que nos ocupa no es la trama política, que dará para muchos análisis, sino la presentación del testimonio. Un texto que aspira a ser memoria histórica no puede darse el lujo de parecer un borrador. Basta navegarlo para toparse con el primer desaguisado editorial: no tiene números de página. Ese vacío, aparentemente menor, impide referencias, complica la lectura y transmite la sensación de que la edición fue puesta en circulación sin los controles mínimos.
Y luego está la línea solitaria. En la página 65 aparece un solo enunciado: “próximas elecciones, y que, ahora sí, la tercera sería la vencida”. En cualquier manual de estilo esto se llama línea viuda y es, sencillamente, imperdonable. Pequeños descuidos tipográficos —viudas, huérfanos, saltos de página que parten oraciones, inconsistencias en tipografías y espaciados— no son meros caprichos estéticos: fracturan el ritmo, distraen del contenido y, en el peor de los casos, desvirtúan el testimonio. La ortografía, en términos generales, se salva; pero la corrección ortográfica no compensa una maquetación que parece improvisada.
No se trata de purismo académico, se trata de respeto: por el lector, por la historia que se narra y por el propio texto. Si Scherer Ibarra y Fernández Menéndez querían fijar memoria, bien harían en exigir que esa memoria esté presentada con dignidad. Que una edición así salga bajo el sello de Planeta resulta chocante: no por el nombre, sino por la expectativa de estándares mínimos que acompañan a un sello de ese calibre. La circulación masiva de una copia defectuosa convierte la versión preliminar en la referencia pública y condiciona reseñas, debates y la recepción del libro antes de que una edición corregida pueda enmendar la primera impresión.
El problema de fondo es que esta edición desaliñada termina siendo metáfora de lo que el propio libro denuncia: la improvisación, la falta de interlocución, el “90% de lealtad y 10% de capacidad”. El mismo vicio que Scherer atribuye al círculo de AMLO parece haberse colado en la producción del testimonio. Y es una lástima: el contenido —los vericuetos del poder, la relación entre los Scherer y López Obrador, las cuentas pendientes con Gertz Manero— merecía mejor suerte. Si la intención era dejar constancia, la forma debería acompañar la ambición; de lo contrario, la prisa habrá logrado lo contrario de lo buscado: que la memoria llegue deslucida y la discusión pública empiece por la forma antes que por el fondo. ■


