Hay tuberías de agua potable que revientan con una frecuencia cada vez mayor en colonias de Villahermosa, como Atasta. El agua brota, forma un arroyo improvisado que corre por el pavimento y, en cuestión de horas, las redes sociales hierven de consignas repetidas: “Así estamos”, “nadie hace nada”, “se lo roban todo”. Es un ritual que se activa con precisión mecánica cada vez que aparece una fuga, como si la explicación fuera obvia y la solución dependiera únicamente de la voluntad política.
Las fugas de agua potable no son, como sugiere la imaginación popular —anclada en una percepción peligrosamente simplista—, el resultado directo de funcionarios indolentes o de presupuestos desviados. Son, más bien, la manifestación visible de un problema estructural mucho más complejo, derivado del choque entre una infraestructura concebida para otra época y las exigencias crecientes de la ciudad contemporánea.
Piénselo de esta manera: ¿por qué las comunidades rurales no experimentan este fenómeno con la misma intensidad? La respuesta se encuentra en la física y en la demografía. Una red hidráulica soporta tensiones proporcionales a la densidad de su uso. Cada nueva conexión domiciliaria, cada paso de un camión de carga, cada edificio que se levanta sobre tuberías instaladas cuando ese predio era un solar baldío, añade presión a un sistema que no fue diseñado para resistirla.
Villahermosa ejemplifica perfectamente esta paradoja urbana. Durante años, los habitantes de las zonas altas de Atasta y 18 de Marzo reclamaron agua en sus hogares. La ausencia de fugas en esas colonias no era señal de una gestión eficiente, sino la consecuencia lógica de que el agua, sencillamente, no llegaba. Cuando el gobierno municipal construyó nuevas líneas de conducción conectadas a la planta potabilizadora Carrizal II, resolvió una demanda legítima y, al mismo tiempo, generó un efecto inevitable. Las tuberías antiguas, jamás sometidas a ese nivel de presión, comenzaron a ceder.
Esto ilustra lo que en políticas públicas se conoce como una externalidad: la solución de un problema produce efectos colaterales no deseados. No se trata de incompetencia, sino de la naturaleza misma de los sistemas complejos, pues llevar agua a quienes antes no la tenían implica someter infraestructura antigua a esfuerzos para los que nunca fue concebida.
En términos técnicos, lo que ocurre es que una tubería instalada hace más de cuatro décadas fue diseñada bajo parámetros que hoy ya no existen, porque había menos habitantes, menos vehículos y menos demanda del servicio. Además, el acero se fatiga, el PVC se vuelve quebradizo y las juntas pierden elasticidad.
Lo anterior no absuelve a ningún gobierno de su responsabilidad; al contrario, subraya la enorme tarea de sustituir kilómetros de tubería, modernizar redes completas y anticiparse a los colapsos, en lugar de limitarse a reaccionar cuando ya se han producido.
El gobierno de Centro ha mostrado —hay que reconocerlo— una preocupación genuina por el tema. Los trabajos son visibles, las cuadrillas operan y los recursos se ejercen. ¿Es suficiente? Probablemente no. Casi nunca lo es. Pero equiparar cada fuga con negligencia deliberada resulta tan inexacto como culpar al médico de la enfermedad que intenta curar.
A la ciudadanía le corresponde una tarea más compleja que la indignación: comprender que ciertos problemas no admiten soluciones inmediatas, por más legítima que sea la exigencia. Esto no implica resignación ni apatía, sino exigir con conocimiento de causa. Las fugas seguirán apareciendo mientras la ciudad crezca a un ritmo superior al de su infraestructura. Esa es la verdad incómoda.
Lo lamentable es que haya quienes intenten capitalizar políticamente cada emergencia sin ofrecer alternativas viables. Disparan consignas bajo el supuesto de soluciones mágicas cuando, en el fondo —quizá muy en el fondo—, saben que faltan a la verdad, porque la respuesta honesta exige una inversión sostenida durante años, coordinación intergubernamental, atención permanente y, por supuesto, paciencia ciudadana.
En conclusión, buena parte del agua que se escapa por las calles de Villahermosa habla de ciudades que crecieron más rápido que su infraestructura, de soluciones que engendran nuevos problemas y de la tensión constante entre la urgencia política y la viabilidad técnica. ■


