El discurso de Mark Carney en Davos, Suiza, presentado como una hoja de ruta para las potencias medias, parece más bien un manifiesto desesperado de un país que se sabe atrapado entre la hegemonía estadounidense y la presión de las nuevas potencias asiáticas. Carney habla de “quitar el cartel de la ventana”, de abandonar la ficción del orden internacional basado en normas, y de construir un nuevo entramado de alianzas pragmáticas. Sin embargo, en su visión no hay espacio para México ni para América Latina, regiones que históricamente han sido laboratorios de resistencia, pluralidad y alternativas al poder duro.
Carney menciona a Europa, Asia, incluso a Groenlandia y Qatar, pero nunca a México ni a Latinoamérica. Esa ausencia no es casual: revela una mirada que sigue atrapada en la lógica atlántica, incapaz de reconocer que en el sur global se están gestando dinámicas distintas. América Latina no es simplemente un “mercado emergente” ni un bloque de países que compiten por favores de las potencias. Es una región con una historia marcada por la colonización, la dependencia y la lucha por la soberanía, donde la noción de “realismo basado en valores” suena hueca si no se reconoce la desigualdad estructural que nos atraviesa.
Carney presume que Canadá es una “superpotencia energética”, con minerales críticos y capital humano sofisticado. Pero su discurso transpira ansiedad: la necesidad de firmar acuerdos con China, Qatar, ASEAN, Mercosur, como si la diversificación fuese un salvavidas más que una estrategia. Habla de duplicar el gasto en defensa y de construir fortalezas, mientras advierte que un mundo de muros será más pobre y frágil. Esa contradicción es el corazón de su mensaje: Canadá quiere jugar a potencia media, pero lo hace desde el miedo a quedar irrelevante.
Para México y América Latina, la idea de “quitar el cartel” tiene otra resonancia. Aquí, la historia nos recuerda que los carteles —no los de Havel, sino los de la vida cotidiana— han sido símbolos de resistencia, de identidad, de lucha comunitaria. Nuestra región no puede simplemente replicar la receta canadiense de diversificación pragmática y gasto militar. La cultura política latinoamericana está marcada por la búsqueda de justicia social, por la memoria de dictaduras y por la aspiración a un desarrollo que no sacrifique soberanía en nombre de la seguridad. Carney ignora esa diferencia, como si el mundo se dividiera únicamente entre potencias grandes y medias del norte.
El discurso de Carney parece errar en dos puntos fundamentales: confunde adaptación con liderazgo, presentando a Canadá como arquitecto de un nuevo orden, cuando en realidad está reaccionando a la ruptura, intentando no quedar marginado; y reduce la cooperación a geometrías variables, habla de coaliciones temáticas, pero no reconoce que la cooperación genuina requiere inclusión cultural y reconocimiento histórico, no solo pragmatismo comercial.
Carney dice que “la nostalgia no es una estrategia”. Tiene razón. Pero tampoco lo es la desesperación disfrazada de pragmatismo. Ignorar a México y a América Latina en un discurso sobre el futuro del orden mundial es más que una omisión: es una muestra de que su visión sigue siendo parcial, eurocéntrica y limitada. Mientras Canadá busca alianzas para sobrevivir, América Latina sigue construyendo, con todas sus contradicciones, un camino propio. Y quizá ahí esté la verdadera lección: no basta con quitar el cartel de la ventana, hay que asomarse a la ventana, y ver lo que cada cultura y cada historia tienen que mostrar. ■


