La intervención militar de Estados Unidos en Venezuela, culminada con el secuestro y traslado de Nicolás Maduro y su esposa a territorio norteamericano, ha dejado al descubierto la fragilidad de los mecanismos multilaterales. La ONU, que debería ser el árbitro inmediato de las crisis, se reunirá este lunes, sesenta horas después de los bombardeos y de la captura del presidente venezolano. Mal y tarde, como dicta la premisa.
El Consejo de Seguridad, convocado a petición de Caracas y respaldado por países como Irán, Rusia, China y Colombia, llega a la mesa cuando Washington ya ha anunciado que “dirigirá Venezuela hasta lograr una transición segura”. La pregunta no es si la ONU reaccionará, sino si su reacción tendrá algún efecto real frente a un hecho consumado: la ocupación militar y la administración directa de un Estado soberano.
La llamada operación Resolución Absoluta abre un precedente que erosiona el derecho internacional, como ha tenido que reconocer el secretario general de la ONU, Antonio Guterres. La Carta fundacional de la organización establece que ningún miembro debe recurrir a la fuerza contra la integridad territorial de otro Estado. Sin embargo, Estados Unidos justifica su acción bajo el artículo 51, alegando legítima defensa. El resultado es un vacío jurídico que amenaza con normalizar la intervención unilateral disfrazada de justicia.
Samuel Moncada, embajador venezolano ante la ONU, lo expresó en términos coloniales: “una guerra dirigida a destruir nuestra forma republicana de gobierno y a imponer un títere que permita el saqueo de nuestros recursos naturales”. La denuncia no es menor: Venezuela posee las mayores reservas de petróleo del mundo, y el control de esas riquezas es el evidente telón de fondo de la operación.
El Consejo de Seguridad se ha reunido ya dos veces en los últimos meses por la escalada de tensiones, en octubre y diciembre. Ninguna de esas sesiones logró frenar el desenlace. Ahora, la reunión de urgencia parece más un gesto de protocolo que un mecanismo de contención. La ONU se mira en el espejo de su propia irrelevancia: llega tarde, y lo hace mal, porque su voz suena débil frente al ruido de los misiles y la contundencia de los hechos consumados.
Y lo más inquietante es que este precedente podría propagarse y convertirse en la regla de un mundo donde la fuerza sustituya al derecho y la ONU quede reducida a mero espectador. ■



